ENSAYO GANADOR DEL IV CONCURSO DE LITERATURA

AQUÍ OS DEJO EL ENSAYO GANADOR DEL IV CONCURSO DE LITERATURA PARA AQUELLAS PERSONAS QUE SE VAYAN A PRESENTAR AL CONCURSO Y ESTÉN INTERESADAS.

 

A SOLAS CON LA SOLEDAD

 

Me encuentro a solas con una página en blanco para escribir de la soledad.  En mi caso esta soledad es la condición para lograr el ensimismamiento necesario para elegir estas palabras. Y es que la creatividad sólo llega a solas.

 

Escribo en primera persona, al igual que el narrador del relato, y busco en mi interior el por qué de este sentimiento. Busco como él los recuerdos necesarios para saber quien soy y destapo la caja que los oculta.

 

“Las Cajas de mi mujer”,  de Eun Hee-Kyung, es un relato contemporáneo que narra la monótona vida de una ama de casa desde la simple y egocéntrica  mirada de un hombre, su marido. Con irregulares saltos en el tiempo y un estilo cuidado pero sencillo, la autora nos acerca a la realidad de una pareja sumergida en el fango del paso del tiempo y atrapada en las telarañas de la soledad.

 

Un matrimonio roto, dividido y desorientado en el que ambas soledades lejos de mirar en la misma dirección se asustan la una de la otra.

 

Dos vidas distintas, una a la búsqueda irracional y fracasada de la felicidad y otra aferrada a la esclavitud de la aceptación.

 

ELLA

Ella, la verdadera protagonista del relato, es una joven con planes y aspiraciones – por ejemplo estudiar arte- que con los años ve escapar sus sueños empujados por las inseguridades que la persiguen. Lejos de marchar en su búsqueda, decide convertirse en una mujer sumisa y permisiva, doncella de su hombre y actriz de una artificial vida  en la que incluso para disfrutar el sexo necesita que él  active  el botón del centro de su cuerpo.

 

Quizás era el corazón el que mantenía apagado.

 

Su infertilidad es la sombra de su rostro y aunque encerrada bajo llave en las cajas que escondían los recuerdos de su vida, ésta, a veces, conseguía escapar. Entre cartones  conservaba las heridas del paso del tiempo y en lugar de guardar los recuerdos en la memoria, los almacenaba y los cubría con una tapa.

 

Sin olvidarlos, un día ella eligió y fracasó.  Huyó de la soledad y buscó en el amor de una noche cualquiera la compañía de sentirse querida. El amante perfecto, aquel que sin preguntar por qué podría elevarla al olvido, sin embargo ni siquiera  dentro de su cuerpo dejo de sentirse sola.

 

Ya sólo quedaba dormir y esperar a que pasara el tiempo.

 

Y es que paradójicamente era la soledad del hogar la que la exiliaba de la soledad de su vida.

 

Probó con la locura. Era tan  fácil como olvidarlo todo, borrar todos los restos del ayer y empezar de nuevo. Pero, no podía  conseguirlo con él.

 

ÉL

Él era la evidencia de su fracaso.  El reflejo de una vida compartida inacabada, el espejo de una realidad no aceptada, el verdadero dueño de su vida.

 

El compañero de asiento que ella, un día, eligió para recorrer la montaña rusa de su vida. Un buen hombre que trabajaba, hablaba y decidía por ella. Un marido paciente que con el tiempo dejo, sin importarle, de comprenderla. Daba igual las razones, de nada valía indagar en los motivos; al fin y al cabo ella cocinaba bastante bien.

 

¿La amaba? La respuesta también la selló y guardo para siempre en su caja de cartón. Él también las tenía.

 

Al llegar a casa le gustaba comprobar que todo estaba en su sitio, preparado. Analizaba a su mujer desde la distancia, mientras dormía, sin adentrarse en las causas de su asustadiza ausencia. A lo lejos observaba sus cajas, cada vez con más polvo.

 

Cuando se marcho sintió furia, sed de venganza y odio. Y es que a veces, como afirma el Taoísmo, “lo tierno y débil vence a lo fuerte”.

 

Ni siquiera intentó recuperarla, tan sólo fue por ella y eligió su final.

Ella sería feliz y él había hecho por su mujer todo lo que estaba en sus manos. Ya tan sólo tenía que esperarlo.

Y esperar era precisamente lo que ella llevaba haciendo toda la vida. Esperar a ser madre, esperar a que pasara  el tiempo, esperar una vida mejor. No lo consiguió.

Odiaba el color uniforme y monótono de la urbe. Sentía que la sociedad avanzaba a pasos agigantados imposibles de seguir. No encontraba la salida de ese laberinto donde un día eligió vivir, donde todos los edificios, iguales y oscuros, lo hacían todo tan difícil.

Lo intento, pero no pudo. En la ciudad no había hueco para las mujeres como ella, ni siquiera podía caminar.

El pavimento, el mismo que recibió triunfante a su marido a la entrada de su nueva vida, no era más que una fórmula para no poder escapar de la soledad.

Perdida entre las calles se sentía extraña, ajena, sola. Nada como caminar entre la multitud para sentir la soledad más amarga. Nada como una casa llena de pisos y ascensores para añorar aquel pequeño hogar lleno de vida en el que creció y soñó.

DESDE LA VENTANA

Ya solo era un olvido, una historia perdida en el tiempo. ¿Quién podía interesarse por aquella mujer que había perdido el sentido, el norte y la razón?  Es posible que alguna enfermera recién llegada sintiera curiosidad por aquel renglón torcido de Dios, y que en  alguna tarde de tedio se atreviera a indagar sobre su vida, su origen, su familia y su tragedia. En una clínica psiquiátrica hay tantas historias, tantos dramas como vidas. Y ella, con seguridad,  no iba a ser una excepción.

Andaba vacilante por los pasillos, con la mirada en cualquier parte. Era la imagen misma de la soledad cuando se convierte en abandono. Probablemente a aquella mujer la vida la había abandonado. Y su mente se vengó de todo, huyendo de la razón, despeñándose hacia el más profundo de los abismos interiores.

Allí estaba, mirándonos sin vernos, desde su ventana. Era la misma mujer que un día se enamoró pensando que alguien la iba a hacer subir por el arco iris de la felicidad. Alguna escritora anotó que solo una mujer inteligente puede enamorarse como una tonta. Tal vez ella lo fuera. Había visto amanecer muchas veces porque era de campo, habría visto los rayos de sol sortear el humo de las chimeneas y colarse entre las cortinas de su casa. Soñaría con un hogar en el que nunca faltase el amor y la lumbre. Soñaría con hijos que no llegaron.

Un día, en la plenitud de su vida, se sintió sola. Puede que alguna noche, en el silencio que envolvía las nuevas paredes de su casa, mirase a su pareja; tal vez en la esperanza de que una mirada se cruzara con la otra, y que la soledad de él acompañase a la suya. El amor, pensaría, pueden ser también dos soledades juntas, mirándose a los ojos.

No tardó mucho en comprobar que también esas ilusiones acabarían desmoronándose.

Antes de que pudiera darse cuenta, como si de una representación teatral se tratase, el escenario de su vida había cambiado. Nunca mas volvió a ver el horizonte  nítido de los campos de su infancia, ni el sol colándose entre visillos, ni aquel humo que olía a leña y a hogar. Su vida se ató eternamente a una ciudad grande, deshumanizada. La ciudad estaba tan lejos de aquel hogar que había soñado  como su primera idea del amor lo estaba del matrimonio que ahora le aburría y le frustraba.

Intento escapar, pero él la rescato para poder elegir por ella para siempre.

 

A solas, desde mi ventana veo pasar las montañas sin poder distinguir su color. El tren corre demasiado. El cielo es oscuro, los cristales no me dejan ver la luna. Oigo el murmullo de la gente, pero nadie dice nada.

Me faltas tú.

En la distancia, se que aún me estás diciendo adiós y que contigo nunca estaré a solas con la soledad.

ESTILO

A diferencia de “El sueño de las nueve nubes”, obra elegida para el certamen en su pasada edición, donde las figuras literarias se sucedían y repetían a lo largo de todo el discurso y los elementos sensoriales eran constantes en todo el relato; “Las cajas de mi mujer” utiliza un estilo más sencillo y natural.

Los diálogos son escasos y a veces, incluso a priori ridículos; y las figuras retóricas, aunque también presentes, ceden el protagonismo a una narración cuidada que roza la ironía y el cinismo.

No obstante, el relato esconde una llamada constante al sentimiento y por ello las metáforas,  comparaciones y personificaciones vuelven a ser los recursos expresivos más empleados (…encogida como un gusano…en sus cajas conservaba las heridas que había tenido a lo largo de su vida…en lugar de guardar los recuerdos en la memoria, los almacenaba en la caja y los cubría con la tapa…dormía después de dar la espalda al mundo que la había lastimado…).

Si coinciden ambas obras en la estructura circular de la narración y en atribuir un protagonismo oculto a la mujer. En las dos obras es un hombre quien dirige la narración y sin embargo, son las mujeres quienes conducen al desenlace.

Asimismo, los elementos naturales también están presentes.  La referencia al agua, lluvia, hierva o al sol se repiten a lo largo de las páginas, y es que toda la obra en si es un canto a los valores de la vida en el campo.

En tan sólo unas veinte páginas, la autora es capaz de adentrarnos en “Las cajas de mi mujer” y sentir junto a ella la soledad que albergan.

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